Una tragedia estrafalaria.
Por MARCUS LOLLIUS, Procónsul de la Galia
El tugurio de Sheehan, que adorna uno de los callejones inferiores del distrito céntrico ganadero do Chicago, no es lo que se dice un lugar agradable. Su atmósfera, colmada por un millar de olores semejantes a los que Coleridge podría haber encontrado en Colonia, apenas sabe lo que son los rayos purificadores del sol, y tiene que luchar, para hacerse un hueco, contra las acres humaredas de los innumerables puros baratos y cigarrillos que cuelgan de los labios toscos que las bestias humanas que merodean por tal lugar, día y noche. Pero la popularidad del antro de Sheehan no se resiente de ello, y hay una razón que resulta obvia para cualquiera que se tome la molestia de olfatear los aromas mezclados que allí se encuentran. Sobre y entre los humos y el olor a cerrado, se nota un aroma que una vez fue familiar en todo el mundo, pero que ahora se encuentra arrinconado a las esquinas de la vida, merced al edicto de un gobierno benevolente: el olor a güisqui fuerte y malo... un rara avis, de hecho, en este año de gracia de 1950. ...